Ser pragmatista implica...

Que las consecuencias nos acerquen al logro de nuestros objetivos, tomando en cuenta el contexto interactivo en el que ocurren. Enfocarnos en el para qué y no en el por qué decimos o hacemos lo que digamos o hagamos.

2.3.11

Islas y Océanos

Participando en un debate del artículo “Lenin tenía razón” en el blog de Ignacio (Nacho) De León (http://bit.ly/hVyD7y), el propio Nacho parafraseó algo que escribí, en referencia a Ronald Coase, de esta manera: que las corporaciones son '...islas de planificación en un océano de mercado.' Luego, al relacionar lo que iba surgiendo en el debate con mi área profesional como urbanista, me saltó la metáfora de Nacho como aplicable también a las corporaciones o negocios presentes en las ciudades, en este sentido: son 'islas de mercado en un océano de planificación.' La discusión de capitalismo vs socialismo, competencia vs cooperación, o mercado vs planificación, reducida a una simple escogencia entre extremos es irrelevante o hasta dañina si alguno de los extremos busca heroicamente imponerse en su forma más pura.

Al poder voltear la metáfora, tal como ocurre con las chaquetas reversibles, las corporaciones o negocios pasan de ser islas de planificación, a ser islas de mercado, dependiendo del contexto en el que las coloquemos. Coase en su célebre paper “The nature of the firm” argumentaba que muros adentro, las corporaciones suprimen los mecanismos de mercado porque ningún trabajador negocia a diario con su patrono el salario que va a cobrar, ya que los costos transaccionales de realizar tales negociaciones se harían insoportables para todos. Si suprimir el mercado a esa escala resultaba conveniente ¿por qué no hacerlo en toda la economía? Coase brillantemente argumentó que manejar todo un país como una sola corporación implicaría un nivel de complejidad tal que sólo los mecanismos de mercado pueden resolver eficientemente, prediciendo acertadamente en los años 30 del siglo pasado, que las economías planificadas centralmente fracasarían... tal como ocurrió.

Pero al visualizar los negocios en el territorio y, en particular en las ciudades, nos encontramos con la situación opuesta. Cada empresa, cada negocio, cada ciudadano, son agentes económicos que ofrecen o demandan bienes o servicios y ese encuentro entre oferta y demanda sucede cotidianamente en las calles y espacios telecomunicacionales, como encuentros entre ciudadanos en un contexto urbano. Paradójicamente, el océano de planificación debe ser entonces la ciudad para que funcione bien el mercado.

Si se asume el extremo del socialismo, la cooperación y la planificación pura se destruye el mercado y con él, la complejidad, la eficiencia y la libertad en la sociedad. El otro extremo no es tan grave porque ya vimos que las corporaciones son, en sí mismas, islas de planificación y pueden perfectamente apreciar el valor de planificar ciudades e instrumentar políticas públicas en general. Sin embargo, en una discusión dogmatizada podría llegarse a la posición de los libertarios o de los anarquistas, o de la versión más actual del neoliberalismo conocida como Tea Party, según la cual sólo el ejército valdría la pena mantenerlo como 'asunto público' dejando todo lo demás en manos privadas.

Rescato entonces uno de los planteamientos fundamentales de los pragmatistas clásicos: las ideas son herramientas que nos permiten alcanzar objetivos. Tanto el mercado como la planificación, tanto la competencia como la cooperación, son instrumentos que podemos colocar al servicio de nuestros objetivos. Si políticamente definimos al capitalismo y al socialismo como dos conjuntos disjuntos (hasta cierto punto) de objetivos, ahí están las herramientas para alcanzarlos.

Algunas sociedades dominadas por el liberalismo seleccionan como objetivo al capitalismo. Otras donde la social-democracia es la corriente más fuerte seleccionan al socialismo como su ideal. Pero, en ningún caso, son situaciones extremas como las de Corea del Norte o Cuba en las que predomina el dogmatismo personalista que convierte a esos países en versiones pesadillezcas de Disneylandia al insistir sus autoridades en construir y gerenciar sus países, y en particular sus ciudades, como parques temáticos.

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