Ser pragmatista implica...

Que las consecuencias nos acerquen al logro de nuestros objetivos, tomando en cuenta el contexto interactivo en el que ocurren. Enfocarnos en el para qué y no en el por qué decimos o hacemos lo que digamos o hagamos.

16.10.13

Los ojos de la violencia

Para controlar dictatorialmente un pueblo es necesario amenazarlo con armas pero no es suficiente. La estrategia se hace completa cuando se incorpora la propaganda. No me refiero a información, sino al puro y simple Branding que, inevitablemente, pulsa profundos resortes psicológicos y morales para facilitar la impúdica "esclavitud voluntaria" que tan brillantemente describió Ettienne De La Boetie (ver texto) hace siglos.

En el caso venezolano, la Fuerza Armada se ha volcado en el siglo XXI hacia ocupar innumerables posiciones de gobierno a través de efectivos castrenses, tanto en ejercicio como retirados. Esa es la amenaza armada para los ciudadanos, de quienes se espera obediencia, subordinación y, no en pocos casos, la humillante adulancia. Como si eso fuera poco, delincuentes armados se sienten cada vez más a sus anchas para exigirle también algo parecido a la ciudadanía.

Pero blandir armas no es suficiente. Imágenes, estrategias de comunicación, completan el cuadro para que un régimen tan nefasto, que ha empobrecido el país tanto materialmente como moralmente, pretenda continuar sin complicarse mucho con resultados electorales adversos o protestas que los terminen obligando a renunciar. La imagen por excelencia y precisamente escogida para el tarjetón electoral, es la de los ojos del difunto líder.

Por mis malas juntas con diseñadores y semiólogos, he curioseado textos y conferencias para comprender los fascinantes bosques de variados tipos de signos que hacen posible la comunicación y que, fríamente utilizados, sirven para producir consecuencias favorables al logro de determinados objetivos estratégicos. Una primera reacción ante el uso propagandístico del rectángulo que contiene esos ojos del difunto es típicamente la asociación directa con el Gran Hermano descrito en la famosa novela 1984 de George Orwell (ver texto). Obviamente, seguidores del difunto lo interpretan como una especie de presencia numinosa, mientras que al resto nos queda el mal sabor de la presencia de quien abusó primero de las cadenas hablando hasta por los codos, que ahora se encadena visualmente cual fantasma mudo en cercas, edificios, vallas y hasta en el tarjetón electoral.

Eso es así si uno mira dentro del rectángulo. Pero quizás lo más importante, justamente por invisible, es lo que estaría fuera del rectángulo. Esto se me reveló ante una de las obras de la imperdible exposición ÉTICA-ESTÉTICA-POLÍTICA que curó recientemente María Elena Ramos en la Galería CBG Arts.

El rectángulo contiene entonces los ojos de alguien metido dentro de una capucha, un encapuchado. La capucha es, en nuestra sociedad, un símbolo de violencia. Esos ojos son por lo tanto los de un violento, los de una persona en plena ejecución de una acción delictiva.

Técnicamente hablando, una primera vista a los ojos del difunto revela una metáfora visual tipo SINÉCDOQUE en la que una parte representa al todo. Pero la segunda mirada revela otra metáfora visual, una ELIPSIS en la que el vacío, o lo invisible, comunica un significado relevante y quizás sea el estratégicamente más importante: no sólo alguien te vigila, sino que quien te vigila es alguien esencialmente violento en un Estado donde reina la impunidad.

Quizás no exista una mejor síntesis visual de la impunidad reinante en Venezuela, con un Estado que glorifica la violencia y lo muestra descaradamente. Es la psicología del PRAN: mientras más sepan lo violento, cruel, y desalmado que es, con más facilidad se someterán a su dominio (sin tener que gastar tanto esfuerzo o balas). Y ese mensaje es para todos, porque en un totalitarismo militarista se espera que todos obedezcan tranquilos, sí o sí (pregúntale a un cubano o a un coreano del norte).