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Que las consecuencias nos acerquen al logro de nuestros objetivos, tomando en cuenta el contexto interactivo en el que ocurren. Enfocarnos en el para qué y no en el por qué decimos o hacemos lo que digamos o hagamos.

20.2.11

La revuelta de la calle Rosenstrasse

Un amigo me envió por mail este interesante editorial que se refiere a una historia poco conocida que contrasta con el archirrepetido poema de que "Vinieron por los judios, como yo no era... vinieron por los... etc. y al final vinieron por mí" que deja la sensación de que las tiranías son tan sistematicamente crueles que resultan invencibles. En estas fechas de cambios en el mundo árabe, leer la revuelta de la calle Rosenstrasse sirve para que tengamos una sensacion muy diferente: Que es posible tener éxito ante la tiranías a pesar de luchar en condiciones extremadamente adversas...


19 de Febrero de 2011 - 12:38:16 - Luis del Pino

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 19/FEB/2011: "La revuelta de la calle Rosenstrasse"

Déjenme que les hable de un episodio de la historia alemana muy poco conocido.

Antes de 1943, había en Alemania dos grupos de judíos que se habían salvado hasta el momento de ser deportados a los campos de concentración, por motivos distintos.

El primero de esos grupos era el de los judíos que estaban cualificados para trabajar en las fábricas. Alemania soportaba un ingente esfuerzo bélico, que hizo preciso reclutar para el trabajo incluso a las mujeres, así que al principio de la guerra se evitó privar a las industrias de los trabajadores judíos.

El segundo grupo era el de los judíos casados con mujeres no judías. Durante 10 años, el régimen nazi había empleado todas las armas de la persuasión para convencer a esas mujeres de que se divorciaran de sus maridos judíos, pero lo cierto es que el 90% de ellas se negaron. Expulsados de sus trabajos, rechazados por sus vecinos, impedidos por ley de realizar numerosas actividades, la vida de esos judíos y de sus esposas era durísima, pero el régimen nazi había evitado deportarlos hasta ese momento.

Pero a principios de 1943, los nazis decidieron dar una nueva vuelta de tuerca, y librar a Alemania de sus últimos judíos, comenzando por Berlín. Al amanecer del 27 de febrero, efectivos de policía, agentes de la Gestapo y una división de élite de las SS dieron comienzo a una batida en la capital alemana, en la que 10.000 judíos fueron sacados de sus casas o de sus lugares de trabajo. Todos los que no estaban casados con mujeres arias, más de ocho mil, fueron llevados a centros de internamiento situados fuera de la ciudad, y de allí al campo de concentración de Auschwitz, donde terminarían siendo asesinados.

Pero los judíos casados con mujeres arias, unos 1.700, fueron separados del resto y encerrados en un centro de detención dentro de la ciudad, en la calle Rosentrasse.

Cuando comenzó a correr la voz de adónde habían llevado a sus maridos, las esposas de aquellos judíos se dirigieron a la calle Rosentrasse, para pedir noticias de los detenidos y suplicar que los soltaran, por supuesto sin éxito. Las horas pasaban y centenares de mujeres se agolpaban en la puerta de aquel centro, sin saber muy bien qué hacer.

Y las horas continuaron pasando y cayó la noche. Pero la multitud de mujeres allí congregada, lejos de atender las órdenes de volver a su casa, siguió allí a la puerta. Conmocionadas y desesperadas, perfectamente conscientes del destino que esperaba a sus maridos, se negaban a irse, sabiendo que, de hacerlo, les abandonaban a su suerte.

Y pasó la noche y llegó la mañana. Algunas mujeres habían vuelto a sus casas, a atender a sus hijos, o habían tenido que irse a sus trabajos, pero otras mujeres habían ido llegando para tomar el relevo. La multitud siguió creciendo. Comenzaron a unirse a aquella concentración otros familiares, y conocidos y amigos de los encerrados. Y comenzaron a escucharse los primeros gritos: "¡Devolvédnoslos! ¡Dejadnos ver a nuestros maridos!".

Desafiando las temperaturas bajo cero, las mujeres siguieron allí a la puerta otra noche más. Y al día siguiente, tercer día de protesta, comenzaron a unirse a la multitud las primeras personas que nada tenían que ver con ninguno de los detenidos. Así es como describe esa congregación espontánea una de las mujeres que vivieron aquellos hechos:

" Yo acudía cada mañana a Rosenstrasse antes de ir a trabajar. Y siempre había allí una marea de personas. Nadie organizaba o instigaba la protesta. Simplemente, la gente estaba allí. Exactamente igual que yo."

Y los tres días se convirtieron en cuatro, y los cuatro en cinco. Y cada vez era mayor el número de personas y cada vez eran más coléricos los gritos exigiendo que aquellos judíos fueran liberados. Y lo que comenzó como una reunión de mujeres buscando desesperadamente tener noticias de sus maridos fue adquiriendo un tinte cada vez mayor de protesta política. Seis mil personas llegaron a juntarse delante de aquel dentro de detención. De modo que Goebbels, Ministro de Propaganda y Jefe Local del partido nazi en Berlín, decidió que era preciso disolver aquella concentración que amenazaba con irse de las manos.

Sin previo aviso, el 4 de marzo, los guardias del centro de detención salieron a la calle y montaron las ametralladoras. Una de las protagonistas de aquella historia cuenta que aquel día hacía tanto frío, que las lágrimas se les congelaban en las mejillas.

El jefe del operativo se dirigió a los manifestantes para darles un ultimátum: si no despejaban la calle de inmediato, abrirían fuego.

La multitud, enfrentada a los cañones de las ametralladoras, comenzó a retroceder, pero entonces una voz gritó "¡Asesinos!". Y aquellas mujeres comenzaron a corear al unísono "¡Asesinos! ¡Asesinos!".

Y tras muchos minutos de confusión, y mientras las mujeres se negaban a dispersarse y arreciaban los gritos, los guardias recibieron la orden de desmontar las ametralladoras y replegarse hacia el centro de detención.

Dos días más tarde, el 6 de marzo, después de una semana continuada de protesta, Goebbels dio la orden de liberar a aquellos 1.700 judíos. Unos pocos centenares de mujeres habían conseguido doblegar al régimen de Adolfo Hitler.

Las protestas de Rosenstrasse - silenciadas, por supuesto, por el régimen nazi - evitaron de forma directa que esos 1700 judíos encerrados en el centro de detención fueran enviados a Auschwitz. Pero salvaron, de forma indirecta, a otros 30.000 judíos en toda Alemania que estaban casados con mujeres no judías, porque el régimen nazi ya no se atrevió a ordenar posteriormente su deportación.

De hecho, al acabar la guerra, el 98% de los judíos sobrevivientes en Alemania pertenecían a este tipo de matrimonio mixto.

¿Cómo fueron capaces esas mujeres de hacer aquello? Pues, simplemente, porque era lo que tenían que hacer. Así es como lo resume una de aquellas esposas, Elza Hozler: "Cuando mi marido necesitó que le protegiera, yo le protegí".

Lo cual plantea la pregunta, claro está, de si no se hubiera podido hacer mucho más contra el régimen nazi. El episodio de Rosentrasse demuestra que hasta uno de los regímenes más sanguinarios de la Historia era capaz de recular, cuando percibía que la represión podía volver a la opinión pública en su contra.

Así que, si unos centenares de mujeres desarmadas fueron capaces de doblarle la mano a Goebbels y a Hitler, ¿qué más se hubiera podido lograr, sólo con que hubiera habido más gente dispuesta a hacer en cada momento aquello que estuviera a su alcance?

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