Ser pragmatista implica...

Que las consecuencias nos acerquen al logro de nuestros objetivos, tomando en cuenta el contexto interactivo en el que ocurren. Enfocarnos en el para qué y no en el por qué decimos o hacemos lo que digamos o hagamos.

13.10.09

Ocho semanas y media

Luego de estar digiriendo durante aproximadamente dos meses unos cuantos libros con contenidos históricos, comienzo a recuperar mis deseos de escribir. El encuentro con la historia tiene sus riesgos. Entre los riesgos está sentir que no vale la pena escribir.

Comencé leyendo "El Poder y el Delirio" del mexicano Enrique Krauze, donde hace un recuento de la trayectoria de Chávez hasta 2008. Desde su perspectiva, a pesar de que intentó incluir la visión de los propios chavistas, plantea que Chávez es una plaga para Venezuela. Me molestó ver eso (aunque crea también que es así) escrito por un mexicano. En síntesis, Krauze plantea que nos hemos quedado cortos reconociendo los logros y virtudes de Betancourt, mientras encumbramos en el poder a un mediocre como Chávez. Me molestó que nos diga éso un extranjero, aunque sea verdad.

Luego, le entro a "El Pasajero de Truman" del venezolano Francisco Suniaga, que es una especie de historia novelada sobre la vida de Diógenes Escalante, un diplomático venezolano que se suponía iba a suceder a Medina Angarita para continuar con la gradual apertura democrática que se inició con la muerte de Gómez. Pero Escalante se volvió loco! (literalmente) y ocurre el golpe del 18 de Octubre de 1945. La desconexión de Escalante con el país y sobre todo consigo mismo, era al mismo tiempo una ventaja para Medina (para controlarlo) pero también una ventaja para muchos políticos enemigos de Medina, cuyo objetivo era irse alejando más rápidamente del Gomecismo. Que Escalante plantease una visión moderna de Venezuela era lo que menos importaba, si le faltaba clara conciencia para ejercer el poder. Al final me quedó la sensación de que las ideas, incluyendo las más justas y progresistas, no son sino instrumentos del simple "quítate tu pa' poneme yo".

El tercero es "El Señor Marx no está en casa" de Ibsen Martínez, una novela cuya médula es un supuesto incesto entre Karl Marx y su hija menor Eleanor. Ibsen se asoma por una ventana a la casa de los Marx, mostrándonos seres de carne y hueso, demasiado humanos si los comparamos con los mitos, que los comunistas quisieron hacer creer a tanto pendejo “buena gente”, que supuestamente formularon las verdades absolutas que deben regir a toda sociedad. Pretender que lo dicho en un libro como Das Kapital se aplique a toda una sociedad sin tener que preocuparnos por más nada, equivale a creer que cualquier cosa se resuelve consultando la Biblia o el Corán. Sólo un impulso religioso explicaría que, luego de leer esta novela, alguien que pueda llamarse a sí mismo "marxista" pueda seguir creyendo que existe realmente la posibilidad del oxymoron denominado "socialismo científico".

Por último, acabo de terminar a "Dr. Tinoco" de Juan Caros Zapata, periodista venezolano especializado en temas de Finanzas y Economía Política. De los 4 libros, éste es el que me toca más de cerca porque el arco vital de la trayectoria pública de Tinoco entre 1969 y 1993 coincide con mi propia vida desde que comencé en bachillerato a interesarme por cosas tan aparentemente distantes una de otra como la política y el rock sinfónico, hasta terminar coincidiendo muy cerca de ese personaje en mi pasantía por Cordiplan entre 1989 y 1990. Zapata, como Ibsen con Marx, escudriña en los trapitos sucios de los Tinoco incluyendo los antecesores, los contemporáneos y los sucesores, pero sobre todo hace énfasis en mostrar las relaciones entre grupos económicos y políticos muy importantes durante todos esos años. Me sorprendió la descripción que Zapata hace de Tinoco como un pragmático, utilizando el estricto sentido del término: pragmático es quien valora y da significado a las acciones e ideas según sus concecuencias. Emergen también en esas descripciones las pugnas de bajo vuelo que ha caracterizado a tanto personaje público del país, aunque advierte el autor que nada de éso se compara con la bajeza actual del chavismo. Al final, los celebres 12 apóstoles quedan, incluyendo a Tinoco, como unos tipos que no eran ni tan desgraciados ni tan corruptos como la alianza de izquierdas y burgueses tradicionales resentidos nos quiso hacer ver en las décadas pasadas.

He estado bastante revuelto digiriendo este tipo de lecturas. Esa es una consecuencia perfectamente predecible cuando uno decide leer algo a lo que no está acostumbrado.Es como si hubiese decidido comerme cuatro anticuchos peruanos de una sola sentada, cuando no forman parte de mis comidas habituales. Tardé ocho semanas y media en querer volver a publicar mis artículos, como evitando quejarme amargamente del país, de mis compatriotas, de mí mismo.

¿Vale la pena escribir para promover cambios políticos si históricamente mostramos una clara tendencia como sociedad a equivocarnos y no parecemos querer aprender de nuestras equivocaciones?

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