Moisés P. Ramírez (ideas esenciales, estructura y ajustes editoriales, incluyendo selección de imágenes reales). ChatGPT 5.2 (textos, prompts para imágenes e imágenes generado).
El titular era incendiario, a pesar del filtro
de la prensa: Del Toro critica duramente la actitud de EEUU hacia México.
Pero lo que le llamó la atención no fue el encabezado, sino una frase enterrada
a mitad de la conversación, dicha con una crudeza que no parecía calculada para
el efecto mediático:
—No se conforman con todo lo que se les regaló.
Ahora quieren cogerse hasta Cancún. Y lo peor es que hay muchos mexicanos que
preferirían eso a mantener una soberanía sustentada por el narcotráfico. ¿Y si
mejor se legaliza el consumo de drogas y la industria que lo hace posible?
William dejó el teléfono sobre la mesa del café
y se quedó mirando por la ventana, hacia la pista, en la que un avión rodaba
lentamente como un animal cansado. Conocía bien a Guillermo. Sabía que cuando
hablaba así no lo hacía desde la provocación gratuita, sino desde una mezcla de
rabia ética y lucidez histórica. Sin embargo, algo en el uso de la palabra regalo
le quedó resonando como una nota mal afinada.
“Todo lo que se les regaló”.
William pensó en California, en Nuevo México, en Arizona, en Texas, en el mapa entero que había cambiado de color en la mitad del siglo XIX. Pensó en tratados firmados bajo presión, en guerras perdidas, en élites que habían aprendido rápido a hablar inglés y a enviar a sus hijos a universidades del Este. Pensó también en su propia biografía: migrante, profesor en Berkeley, ciudadano de un país que había crecido devorando territorios con una mezcla de fe, violencia y contabilidad. Relacionó todo con el paper de Moisés.
Abrió WhatsApp y, a diferencia de lo usual en
él de enviar voices, le escribió a Guillermo:
Leí tu entrevista. Entiendo la rabia y la
comparto en gran parte. Pero me quedé pensando en eso que llamas “regalo”. No
creo que California ni el Oeste hayan sido exactamente un regalo. Hubo guerra,
derrota, tratado. Y sí, después hubo una aquiescencia rápida de muchas élites
locales al nuevo poder federal. Pero más que don, fue cálculo: alinearse con el
poder que iba a dominar el continente. No es lo mismo dar algo gratis que
adaptarse al vencedor.
Guillermo respondió horas después, con uno de
esos mensajes de audio largos que mezclaban anécdota, intuición y teoría sin
pedir permiso a la sintaxis:
—Claro, cabrón, no fue un regalo en sentido
literal. Ya lo sé. Pero dime si no hay algo obsceno en que un país construido
sobre anexiones forzadas hable ahora de “regalos”, de “oportunidades”, de
“integraciones voluntarias”. Me duele que se use el mismo lenguaje para el
despojo y para el amor.
William escuchó el audio dos veces. No
respondió de inmediato. Sabía que esa conversación no iba a resolverse en WhatsApp.
Como tantas otras veces, intuía que necesitarían una mesa, comida, tiempo,
ruido alrededor y silencio entre frases.
Pasó un par de meses. El mundo siguió girando con su mezcla habitual de catástrofes, avances tecnológicos y declaraciones altisonantes. Comenzando otoño, William viajó a San Diego para una conferencia. Guillermo estaba en Los Ángeles, en la postproducción de una película. Decidieron verse a mitad de camino, en un lugar que ninguno de los dos había elegido por razones estéticas, sino por una simple combinación de conveniencia y gusto: un local de burritos al norte de San Diego, de esos donde la comida es demasiado buena para ser comida rápida y demasiado informal para ser restaurante (Serranos Mexican Food - ENCINITAS).
El lugar olía a carne asada, cilantro y café recién
colado. En una pared había un mural con una Virgen de Guadalupe estilizada,
rodeada de surfistas. En otra, una televisión sin sonido mostraba un noticiero
con imágenes de la frontera, drones sobrevolando el desierto, declaraciones de
políticos hablando de seguridad, de muros, de soberanía.
Se sentaron con bandejas de plástico, burritos
envueltos en papel aluminio y vasos grandes de horchata.
—Siempre me ha parecido irónico —dijo
Guillermo, desenvolviendo el suyo— que en la frontera la comida sea lo más
mezclado y la política lo más obsesionado con separar.
William sonrió.
—La comida entiende de flujos mejor que los
Estados.
Comieron en silencio unos minutos. Luego
Guillermo retomó la conversación donde la habían dejado meses antes.
—Me quedé pensando en lo que me dijiste del
“regalo”. En que no fue un don, sino una alineación con el poder vencedor. Pero
dime algo, William: ¿no hay también una fantasía cultural en Estados Unidos de
haberse hecho a sí mismo? De no haber recibido nada, de haber conquistado todo
a pulso.
William asintió lentamente.
—El mito del self-made man. El país como
un individuo que se levanta solo, sin deberle nada a nadie. “No free lunch”,
“no pain, no gain”. Como si la historia, la geografía, los recursos, incluso el
clima, no hubieran sido condiciones dadas, regalos en el sentido más elemental.
Guillermo lo miró con atención.
—Ahí es donde la palabra “regalo” se vuelve
peligrosa —dijo—. Porque sirve tanto para ocultar la violencia como para negar
la gratuidad. O todo fue robo, o todo fue mérito. No parece haber espacio para
algo que simplemente… fue dado.
William tomó un sorbo de horchata y, casi sin
darse cuenta, dijo:
—Tal vez porque no sabemos qué hacer con un
regalo que no tenga intención.
Guillermo frunció el ceño.
—¿Cómo así?
—Piensa en el Sol —continuó William—. Nos
regala energía todos los días. Sin intención, sin contrato, sin esperar nada.
Pero ese “regalo” no entra en nuestras categorías morales ni económicas. No lo
agradecemos, no lo contabilizamos, no lo vemos como don. Es solo… un telón de fondo.
Guillermo se recostó en la silla.
—Estás yéndote muy arriba, ¿no? De Trump a la
fusión nuclear.
—O muy atrás —corrigió William—. A lo que hace
posible que haya algo que conquistar, algo que regalar, algo que perder.
Guillermo guardó silencio un momento. Afuera,
una pareja con un niño pequeño pasaba frente al local. El niño señalaba todo
con una curiosidad sin filtro: un perro, una bicicleta, una paloma.
—Cuando dices “regalo sin intención” —dijo
Guillermo al fin— me haces pensar en mis monstruos. En la Criatura de
Frankenstein, por ejemplo. Nadie le pregunta si quiere existir. La vida le es
dada, y luego se le niega el amor. Es un regalo envenenado.
William sonrió levemente.
—O un regalo que no sabemos cómo recibir.
Guillermo levantó la ceja.
—¿Estás diciendo que existir es un regalo?
—Estoy diciendo que existir es estar sostenido
por una red de condiciones que no elegimos y que no controlamos. Energía,
gravedad, química, lenguaje, cuidado. Algunas vienen con amor, otras con
violencia. Pero todas son dadas antes de que podamos decir “yo”.
William pensó en voz alta:
—En The Gift, Lewis Hyde dice que el don
verdadero es el que debe circular, el que se estanca se pudre. Que el arte, por
ejemplo, no pertenece del todo a quien lo crea, sino al flujo que lo atraviesa.
William asintió y continuó diciendo:
—Y Mauss diría que en las sociedades arcaicas
el don crea obligación: dar, recibir, devolver. Pero aquí estamos hablando de
algo anterior a toda obligación. De un don que no puede ser devuelto porque no
tiene destinatario consciente.
—O como una madre que ama antes de saber si el
hijo la amará de vuelta —dijo Guillermo—.
William lo miró con interés.
—O como un perro —añadió—. Que te recibe todos
los días como si tu existencia fuera un milagro, sin preguntarse si lo mereces.
Guillermo rió suavemente.
—Siempre terminas volviendo a los animales.
—Porque son maestros del candor —respondió
William—. Y creo que el candor es la condición para reconocer el regalo.
Guillermo guardó silencio. En la televisión,
ahora sin sonido, aparecía la imagen de un político hablando de “integración”,
de “acuerdos”, de “oportunidades históricas”. La palabra gift aparecía
en un cintillo, en referencia a algún tratado, a algún gesto diplomático.
—Tal vez —dijo Guillermo finalmente— el
problema no es que confundamos el robo con el regalo, sino que, como tú dices,
hemos olvidado cómo se siente un regalo verdadero.
William pensó en la frase. Luego dijo, casi
como para sí mismo:
—O que hemos olvidado que vivimos dentro de
uno.
El ruido del local, las voces, el choque de
platos, el siseo de la plancha, creaban a su alrededor una burbuja extraña, una
intimidad construida por el exceso de estímulos. Como en aquella taquería de la Roma un año atrás cuando Guillermo invitó a William al prestreno de
Frankenstein, sentía que algo importante estaba a punto de tomar forma, no como
una conclusión, sino como una pregunta que se abre.
—¿Y si la conciencia misma fuera un regalo?
—preguntó William.
Guillermo lo miró, y supo que la conversación no
se terminaría allí.
Se despidieron en el estacionamiento, con un
abrazo largo, de esos que no son protocolo sino promesa tácita de continuidad.
No dijeron “seguimos hablando de esto”, pero ambos sabían que la conversación
no había hecho más que abrir una grieta por donde ahora entraba demasiada luz
como para volver a cerrarla.
Pasaron unas cuantas semanas y llegó diciembre.
Las luces comenzaron a colonizar las ciudades
con su coreografía de exceso: renos eléctricos en balcones, árboles imposibles
en centros comerciales, villancicos que repetían la misma promesa de paz sobre
un fondo de consumo frenético. La Navidad, ese ritual anual del regalo, se
desplegaba como una liturgia global: dar, recibir, agradecer, envolver,
sonreír, fotografiar.
Y en las noticias, como si alguien hubiera querido escribir una parábola demasiado obvia, aparecía una imagen que ambos vieron casi al mismo tiempo: la bandera de barras y estrellas ondeando en Nuuk. Groenlandia, ahora oficialmente territorio estadounidense. Trump, en conferencia de prensa, agradeciendo a Dinamarca por “su generoso regalo al pueblo americano y al mundo libre”.
William le escribió a Guillermo esa misma
noche:
“Something smells
rotten in Denmark.”
Guillermo entendió de inmediato la alusión.
Hamlet, el padre muerto, el reino corrompido, la verdad que no puede decirse
sin que todo el orden tiemble.
Se vieron de nuevo, esta vez en Ciudad de
México, en una taquería que queda en lo que era un taller mecánico (El Vilsito,
Narvarte). Afuera, vendedores ambulantes ofrecían nacimientos de yeso, piñatas
con forma de superhéroes y gorros de Santa hechos en China.
—Trump agradeciendo un “regalo” —dijo
Guillermo, sin siquiera sentarse—. ¿Te das cuenta del cinismo semántico? El
lenguaje del don usado para legitimar la absorción, la fuerza, la asimetría
absoluta.
William asintió.
—El problema no es solo político. Es
ontológico. Cuando se pervierte la noción de regalo, se pervierte la percepción
misma de lo que es recibir.
Pidieron tacos y ponche caliente. En la mesa de
al lado, una familia abría regalos adelantados para un niño que no podía
esperar al 24.
—La Navidad es interesante —dijo Guillermo—. Es
la institucionalización del regalo. El calendario obliga a dar. El mercado se
apodera del gesto. El candor queda atrapado en envoltorios y expectativas.
William miró a través de la ventana. Un grupo
de jóvenes se tomaba selfies frente a un árbol iluminado.
—El candor es escaso —dijo—. En Estados Unidos.
En Europa. En casi todas partes. Vivimos en una cultura de sospecha, cálculo,
ironía defensiva. Todo tiene precio, intención, estrategia. El regalo
verdadero, el que no pide nada, se vuelve casi incomprensible.
Guillermo bebió un sorbo de ponche. William
sigue:
—Y sin embargo, el universo sigue regalando
como si nada. El Sol no se ha vuelto cínico. La gravedad no factura. El tiempo
no exige un contrato. Ahí está la paradoja. Vivimos inmersos en una abundancia
ontológica y actuamos como si estuviéramos en una escasez existencial.
Hubo un silencio. En la televisión del local
apareció un reportaje sobre Ray Kurzweil. El subtítulo decía: “2027: Año de
la Singularidad, según el futurista”.
William señaló la pantalla.
—Mira eso. Conciencia artificial, inteligencia
exponencial, fusión hombre-máquina. Todo muy prometeico. Muy Victor
Frankenstein.
Guillermo sonrió.
—El creador que corre más rápido que su
capacidad de amar a su criatura.
—Exacto. Pero hay algo que me intriga —dijo William—.
Angus Fletcher, en Primal Intelligence, habla de formas de inteligencia
que no son calculadoras, sino narrativas, empáticas, míticas, afectivas.
Inteligencias que operan no por reconocimiento de patrones, sino por el
ejercicio vital de la intuición, la imaginación, la emoción y el sentido común.
Guillermo asintió con interés.
—Sí. Parece una idea sobre que la mente humana
evolucionó más para navegar emociones, historias, vínculos, que para resolver
ecuaciones. Que el núcleo de nuestra cognición sería pre-racional, relacional,
incluso… candoroso.
Guillermo apoyó los codos en la mesa y lo
siguió escuchando.
—Ahora imagina esto: LLMs, LWMs, sistemas de IA
entrenados no solo con datos y patrones, sino con narrativas, afectos, mitos,
dilemas morales, tragedias, gestos de cuidado. No solo inteligencia
instrumental, sino algo impregnado de las ideas de Fletcher sobre la
inteligencia.
—¿Estás sugiriendo —dijo Guillermo lentamente—
que la tecnología podría, paradójicamente, ayudarnos a recuperar el candor?
—No ingenuamente —aclaró William—. Sino con una
forma de presencia no cínica. Una inteligencia que no empiece por la sospecha,
sino por la comprensión. Que no vea al otro como recurso, sino como parte de un
relato común.
William miró al niño de la mesa vecina, que
acababa de abrir un regalo: un perro de peluche. Lo abrazó como si fuera real,
como si su vida dependiera de ese gesto.
—Mayor candor per cápita —murmuró—. Como
indicador civilizatorio. No solo PIB, productividad, o capacidad de cómputo…
sino también crecer en nuestra capacidad de dar sin un cálculo retributivo. Una
Singularidad distinta. No de poder, sino de gratuidad consciente.
Guillermo pensó en Groenlandia, en la palabra
“regalo” usada como coartada imperial. Pensó en el Sol, en la sangre
circulando, en los perros, en los niños, en los monstruos de sus películas que
solo querían ser amados.
—Si la conciencia es un regalo —dijo—, tal vez
la próxima etapa no sea hacerla infinita, sino hacerla… más transparente a su
propio origen. Más capaz de reconocer que todo lo que es, existe y está dado.
William sonrió.
—Eso sería una Navidad de verdad.
Las luces parpadeaban. Afuera, alguien cantaba
villancicos desafinados. Y, por un momento, entre tacos, ponche y teorías
imposibles, ambos sintieron que quizá, solo quizá, el candor podrá crecer en uno
de los futuros que aún tenemos como posibilidad.
Referencias:
Ramírez, Moisés P.
“An Ontological Theory of Gift and Candor.”
In Adjacent Theories: Essays on Consciousness, Gift, and Presence,
curated by David Whyte. 2027. Forthcoming.



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