Ser pragmatista implica...

Que las consecuencias nos acerquen al logro de nuestros objetivos, tomando en cuenta el contexto interactivo en el que ocurren. Enfocarnos en el para qué y no en el por qué decimos o hacemos lo que digamos o hagamos.

22.8.05

El socialismo es sumisión

Las modas ocurren. Y cierto tipo de modas ocurren bajo el formato retro. Por ejemplo, los jeans campana y la imagen del Che reaparecieron, recientemente, 30 y pico de años después de sus primeras apariciones.

Aunque se le llame “del Siglo XXI,” al socialismo no se le puede quitar el tufillo de moda retro. Mucho menos si quien lo proclama es un oficiante del militarismo. Nada positivo puede quedar del militarismo. La posesión de armas, la vida disciplinada de los cuarteles y el exhibicionismo en uniforme no alcanzan para mucho más que desfiles y unas cuantas funciones, pocas, pero importantes entre las cuales se encuentran: la defensa de la soberanía y de la constitución. En otras palabras, los militares tienen la honrosa y respetable misión de derrotar a enemigos externos e internos de nuestra sociedad; y para lograr esa misión podemos tener con ellos todo tipo de alianzas cívico-militares.

Pero el militarismo busca extender la esfera de acción de los militares más allá de sus límites naturales. El militarismo busca colocar, en posiciones de autoridad, a personas que por su condición de militares garanticen lealtad absoluta al “máximo jefe,” y no porque sean aptos y competentes para el cargo. Eso se ha presenciado en Venezuela en distintas oportunidades pero ha ocurrido especialmente en los últimos años.

La estructura castrense implica disciplina y esta se basa en la obediencia, sinónimo de sumisión. Una sociedad plagada de militares en posiciones de autoridad, desde el Presidente hasta los alcaldes y jefes civiles, puede terminar en un oscuro período de sometimiento y opresión. La libertad es ofensiva para este tipo de autoridades. El control y el mando son su método. Eso es exactamente un régimen de derecha, desde el punto de vista social. Pero si al militarismo se le combina con una retórica socialistoide, el control y el mando gubernamental afectan también al ámbito económico, a la producción de bienes y servicios, al mercado y sus libertades. Eso es exactamente un régimen de izquierda, desde el punto de vista económico.

Ese tipo de combinación de régimen ambidiestro es la que típicamente podemos observar en muchos regímenes socialistas o comunistas del siglo XX: Líderes militaristas; pueblos sometidos a un eterno susto de que “ya viene el lobo”; sociedades enteras sometidas, como si fueran ejércitos, para que produzcan sólo a niveles de subsistencia; países pobres que siempre necesitan ayuda; pueblos poco capaces de valerse por sí mismos, excepto para vigilarse entre ellos, para asegurarse de que todos estén sometidos, de que todos cumplan su misión: el socialismo es sumisión.

No hay prosperidad posible en el socialismo y mucho menos si es militarista y todavía menos si es endógeno. Ni siquiera enormes cantidades de petrodólares la pueden generar. No ocurrió en el Iraq del Baas y el Comandante Saddam. No ocurrió en la Libia de la Revolución Verde del Coronel Gaddafhi. Los principales beneficiados en esos regímenes son las autoridades que administran los botines petroleros: el Líder Supremo y sus funcionarios escogidos a dedo.

Llamar “imperio” a sociedades democráticas donde hay libertades civiles y económicas, donde los ciudadanos deciden cómo producir y llevar sus vidas sin tener que pedirles permiso a funcionarios fanatizados y pseudofascistas, no es sino una proyección de la propia condición imperialista de quien usa su poder petrolero circunstancial para concentrar más poder y llevar sumisión más allá de sus descuidadas fronteras.

¿Esperaremos a que pase la moda retro del “socialismo del siglo XXI” o nos organizamos ya para construir una sociedad próspera para todos los venezolanos?

Los enemigos no son los que se hayan puesto o que todavía tengan puestas franelas y boinas rojas. La prosperidad para cada uno de nosotros es un objetivo que une a todo el pueblo venezolano. Y la condición necesaria para que esa unión de los venezolanos se dé es el respeto que debemos tener a las diferencias, a las distintas maneras como podemos generar prosperidad: empresas, cooperativas, inversiones bursátiles, seguridad social, apertura comercial, apoyo a las exportaciones, etc. Plantear el tipo de sociedad que queremos para todos los venezolanos es necesario. Escuchar lo que la gente quiere es indispensable. Toda persona civilista (no-militarista), sea o no partidaria del actual gobierno en Venezuela, es un aliado para construir un país próspero para todos. Los únicos enemigos son los pocos militaristas que, estando o no en funciones de gobierno, lo único que quieren es administrar al Estado en su propio beneficio, sin arriesgar nada, controlando todo y por eso les cuadra tan perfectamente el discurso ambidiestro socialistoide o uno totalmente de derecha.

El enemigo de una Venezuela próspera es el militarismo y la sumisión. Es necesaria la rebeldía y unión de todos los civilistas (sean civiles o militares, porque también puede encontrarse el caso de militares civilistas, aunque suene raro). De lo civil nace la civilización. Del militarismo surge la barbarie y el atraso.

Solamente los países civilizados han sido y son los más prósperos del planeta.

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